Mercedes en New York
El jueves pasado fuimos al MOMA a ver “L’ age de Possible”, parte de un ciclo sobre la obra del conocido productor Pierre Chevalier, dirigida por Pascale Ferran, quien estaba presente y habló durante unos minutos acerca del origen de la película y del proceso de rodaje con un grupo de estudiantes del Teatro Nacional de Estrasburgo. Por supuesto, habló en francés y una chica también francesa que hablaba muy fluidamente el inglés hizo la traducción, aunque con no pocos errores y percances, como si estuviese distraída.
Antes de la película, fuimos a comer algo en el Café 2 (que está en el segundo piso del museo), recientemente renovado con un diseño interesante y sin grandes pretensiones. Al entrar pides lo que quieres del menú y te dan una especie de banderita con un número para que alguien te lleve la comida a la mesa. “Son 46.15, ¿es miembro del museo?” me preguntó la chica de la caja; mi tarjeta de miembro me valió un descuento del 10% en la cuenta. Por la factura supe que la cajera se llamaba Mercedes, lo que me confirmó mi impresión de que era una de esas chicas españolas de hoy, delgada, bien parecida, con un rostro agradable pero la mirada de alguien que no es feliz.
La traductora, mientras salía de la sala junto con Madame Ferran se disculpó por sus errores. “Hoy no soy yo misma”, dijo. “No se preocupe, todos tenemos días así. Soy yo quien debe disculparse por no saber hablar inglés” respondió la directora mientras le estrechaba la mano y salió del museo.
Mientras comíamos Mercedes terminó su turno y se sentó a unos pocos metros a tomar un café, habló por teléfono y luego se quedó en silencio mirando su taza. Me pareció que lloraba calladamente, pero no podría asegurarlo.
La película no me pareció tan buena, después de todo. Se notaba un poco el hecho de que surgió de una serie de ejercicios de actuación y realmente no fluye bien.
Al día siguiente decidí ir al consulado a renovar mi pasaporte, algo que había estado posponiendo por varias semanas. Decidí salir de casa muy temprano para poder finalizar el trámite antes de mediodía. Llegando al estación de Great Kills tuve que correr para no perder el tren, que a esa hora es expreso hasta el Terminal del ferry en St. George. Hacía un precioso día de invierno, frío, con un cielo azul impecable. Una hora después estaba en el tren “R” y parecía que en efecto, terminaría todo antes de mediodía. Sin embargo, al pasar la estación de la Calle 23 el tren se detuvo. Unos cinco minutos más tarde, el conductor anunció que estaríamos allí por algún tiempo, debido a “actividad policial”. La demora fue de casi media hora y en la siguiente estación nos hicieron salir del metro y cambiar al autobús. Al final, tuve que regresarme sin renovar mi pasaporte.
La traductora, quien en realidad era la encargada del archivo de cine francés en el MOMA, mintió acerca de un virus estomacal para no ir a trabajar ese día. En realidad, utilizó la mañana para empacar y mudarse donde una amiga. Todavía no podía comprender cómo después de casi un año de vivir juntos, Samuel podía sin explicación alguna romper la relación al teléfono, en el preciso instante cuando le encargaban ocuparse de Pascale Ferran y servirle de traductora. Samuel llegó al apartamento hacia la medianoche y se mantuvo en silencio por casi una hora. Luego, por fin habló: “no deseo hacerte daño, pero no puedo estar contigo ni un día más” y calló de nuevo. No pudo sacarle otra palabra hasta que ya era de día “por favor, no quiero discutirlo, quiero que te vayas” Y antes las abundantes preguntas y demandas de explicación “si de verdad necesitas saberlo, sí, me he enamorado de otra” y peor aún “lo verdaderamente importante es que no quiero ya estar contigo.” Después de ese día nunca más le vio.
Una tarde calurosa del verano anterior, Mercedes acabó de leer “Ventanas de Manhattan” de Antonio Muñoz Molina en su café favorito de la plaza y en ese instante decidió buscarse un destino en New York. No se despidió de sus compañeros de la facultad, ignoró los ruegos de su madre, le prometió a Eduardo que volvería en unos meses y sin nostalgia, dejó Ciudad Real para siempre. Vivía ahora en un mínima buhardilla al sur de Williamsburg, casi en el enclave judío, había sido niñera por unas semanas y ahora trabajaba de cajera en el Café 2 del MOMA, lo que le permitía además, en sus ratos libres, pasearse por las salas de exposición y disfrutar de ese museo único. De la manera como empiezan casi todas las historias de New York, por una mezcla de azar con la fuerza inagotable de la ciudad, se encontró a media tarde en la cama de un extraño a quien conoció a la salida del museo por un enredo con las puertas giratorias. Al poco tiempo, ya disfrutaban una vez por semana de su tarde de sexo y compañía; Samuel ya no era un extraño, era un hombre atento, culto y divertido. Mercedes pudo sobrepasar con cierta naturalidad la culpa de saberse en la cama de otra, de la chica que veía cada vez en la foto cerca de la entrada. Por primera vez tuvo la sensación de que empezaba a vivir y pensó en lo inútiles que habían sido sus anteriores 27 años, en aquel lugar tan árido como su gente. Tal vez pronto dejaría de sentir esa tristeza profunda que le había acompañado desde que tenía memoria de sí misma.
Empezaba a preguntarse si Samuel le quería sólo como amante de la media tarde, pero no tenía el valor para iniciar esa conversación, o tal vez era solo miedo a las posibles respuestas. A contraluz, frente a esa, su ventana de Manhattan, el sol de la tarde le hacía lucir exquisita mientras se vestía. El día siguiente, mientras tomaba un café al terminar de trabajar, respondió su teléfono: “Creo que quiero pasar el resto de mi vida contigo” le dijo Samuel. “He arreglado mis asuntos y empezaremos de nuevo, de la manera que mereces.” Llena de miedo otra vez, creyó sentir que la embargaba una alegría, pero no pudo sonreír. Lloró calladamente por unos minutos, decidió a última hora no entrar a ver “L’ Age de Posible” aunque se cruzó en el lobby con Pascale Ferran y la traductora, a quien no reconoció de la foto, y se fue a casa. Casi no durmió y tuvo sueños extraños. Al amanecer su pensamiento era desordenado, pensó en su madre y en llamarla pronto, recordó con algún cariño sus días de estudiante de arte, volvió a sentir a Eduardo y sus primeros besos torpes, vio una vez más la llanura castellana desde el tren que la llevó al aeropuerto. No volvería nunca, ahora su mundo era otro. Mercedes salió temprano y tomó el primer autobús que cruzaba el Williamsburg Bridge, se bajó en Houston y anduvo sin rumbo un buen rato, queriendo disfrutar de su ciudad. Su humor se fue tornando cada vez más oscuro cuando le pareció que en su memoria la cara y las palabras de Samuel se le confundían con las de Eduardo, que sus ideas a fin de cuenta no eran tan distintas de las de su madre, que aunque había cambiado de ciudad, aunque había sido capturada por New York, como todos los que pasamos por aquí, en el fondo ella era la misma, su vida no mejoraba por estar aquí ni por haber encontrado a Samuel, su tristeza era la de siempre. Cuando llegaba a la calle 28 se sintió cansada y entró en el metro. Un viejo ruso tocaba el acordeón y esa música casi macabra se convirtió en angustia, todo le daba vueltas, nada tenía sentido y el tren “R” estaba llegando. El ruso no dejó de tocar cuando se oyeron los primeros gritos; luego, la confusión de siempre. El empleado del metro dijo a su compañero “este será otro día de esos; llama a la policía, otra loca se ha lanzado frente al tren”.
Tardaron cuatro días en identificar a Mercedes y localizar a su madre. El consulado español se encargó de enviar el cadáver a Ciudad Real.
El jueves pasado fuimos al MOMA a ver “L’ age de Possible”, parte de un ciclo sobre la obra del conocido productor Pierre Chevalier, dirigida por Pascale Ferran, quien estaba presente y habló durante unos minutos acerca del origen de la película y del proceso de rodaje con un grupo de estudiantes del Teatro Nacional de Estrasburgo. Por supuesto, habló en francés y una chica también francesa que hablaba muy fluidamente el inglés hizo la traducción, aunque con no pocos errores y percances, como si estuviese distraída.
Antes de la película, fuimos a comer algo en el Café 2 (que está en el segundo piso del museo), recientemente renovado con un diseño interesante y sin grandes pretensiones. Al entrar pides lo que quieres del menú y te dan una especie de banderita con un número para que alguien te lleve la comida a la mesa. “Son 46.15, ¿es miembro del museo?” me preguntó la chica de la caja; mi tarjeta de miembro me valió un descuento del 10% en la cuenta. Por la factura supe que la cajera se llamaba Mercedes, lo que me confirmó mi impresión de que era una de esas chicas españolas de hoy, delgada, bien parecida, con un rostro agradable pero la mirada de alguien que no es feliz.
La traductora, mientras salía de la sala junto con Madame Ferran se disculpó por sus errores. “Hoy no soy yo misma”, dijo. “No se preocupe, todos tenemos días así. Soy yo quien debe disculparse por no saber hablar inglés” respondió la directora mientras le estrechaba la mano y salió del museo.
Mientras comíamos Mercedes terminó su turno y se sentó a unos pocos metros a tomar un café, habló por teléfono y luego se quedó en silencio mirando su taza. Me pareció que lloraba calladamente, pero no podría asegurarlo.
La película no me pareció tan buena, después de todo. Se notaba un poco el hecho de que surgió de una serie de ejercicios de actuación y realmente no fluye bien.
Al día siguiente decidí ir al consulado a renovar mi pasaporte, algo que había estado posponiendo por varias semanas. Decidí salir de casa muy temprano para poder finalizar el trámite antes de mediodía. Llegando al estación de Great Kills tuve que correr para no perder el tren, que a esa hora es expreso hasta el Terminal del ferry en St. George. Hacía un precioso día de invierno, frío, con un cielo azul impecable. Una hora después estaba en el tren “R” y parecía que en efecto, terminaría todo antes de mediodía. Sin embargo, al pasar la estación de la Calle 23 el tren se detuvo. Unos cinco minutos más tarde, el conductor anunció que estaríamos allí por algún tiempo, debido a “actividad policial”. La demora fue de casi media hora y en la siguiente estación nos hicieron salir del metro y cambiar al autobús. Al final, tuve que regresarme sin renovar mi pasaporte.
La traductora, quien en realidad era la encargada del archivo de cine francés en el MOMA, mintió acerca de un virus estomacal para no ir a trabajar ese día. En realidad, utilizó la mañana para empacar y mudarse donde una amiga. Todavía no podía comprender cómo después de casi un año de vivir juntos, Samuel podía sin explicación alguna romper la relación al teléfono, en el preciso instante cuando le encargaban ocuparse de Pascale Ferran y servirle de traductora. Samuel llegó al apartamento hacia la medianoche y se mantuvo en silencio por casi una hora. Luego, por fin habló: “no deseo hacerte daño, pero no puedo estar contigo ni un día más” y calló de nuevo. No pudo sacarle otra palabra hasta que ya era de día “por favor, no quiero discutirlo, quiero que te vayas” Y antes las abundantes preguntas y demandas de explicación “si de verdad necesitas saberlo, sí, me he enamorado de otra” y peor aún “lo verdaderamente importante es que no quiero ya estar contigo.” Después de ese día nunca más le vio.
Una tarde calurosa del verano anterior, Mercedes acabó de leer “Ventanas de Manhattan” de Antonio Muñoz Molina en su café favorito de la plaza y en ese instante decidió buscarse un destino en New York. No se despidió de sus compañeros de la facultad, ignoró los ruegos de su madre, le prometió a Eduardo que volvería en unos meses y sin nostalgia, dejó Ciudad Real para siempre. Vivía ahora en un mínima buhardilla al sur de Williamsburg, casi en el enclave judío, había sido niñera por unas semanas y ahora trabajaba de cajera en el Café 2 del MOMA, lo que le permitía además, en sus ratos libres, pasearse por las salas de exposición y disfrutar de ese museo único. De la manera como empiezan casi todas las historias de New York, por una mezcla de azar con la fuerza inagotable de la ciudad, se encontró a media tarde en la cama de un extraño a quien conoció a la salida del museo por un enredo con las puertas giratorias. Al poco tiempo, ya disfrutaban una vez por semana de su tarde de sexo y compañía; Samuel ya no era un extraño, era un hombre atento, culto y divertido. Mercedes pudo sobrepasar con cierta naturalidad la culpa de saberse en la cama de otra, de la chica que veía cada vez en la foto cerca de la entrada. Por primera vez tuvo la sensación de que empezaba a vivir y pensó en lo inútiles que habían sido sus anteriores 27 años, en aquel lugar tan árido como su gente. Tal vez pronto dejaría de sentir esa tristeza profunda que le había acompañado desde que tenía memoria de sí misma.
Empezaba a preguntarse si Samuel le quería sólo como amante de la media tarde, pero no tenía el valor para iniciar esa conversación, o tal vez era solo miedo a las posibles respuestas. A contraluz, frente a esa, su ventana de Manhattan, el sol de la tarde le hacía lucir exquisita mientras se vestía. El día siguiente, mientras tomaba un café al terminar de trabajar, respondió su teléfono: “Creo que quiero pasar el resto de mi vida contigo” le dijo Samuel. “He arreglado mis asuntos y empezaremos de nuevo, de la manera que mereces.” Llena de miedo otra vez, creyó sentir que la embargaba una alegría, pero no pudo sonreír. Lloró calladamente por unos minutos, decidió a última hora no entrar a ver “L’ Age de Posible” aunque se cruzó en el lobby con Pascale Ferran y la traductora, a quien no reconoció de la foto, y se fue a casa. Casi no durmió y tuvo sueños extraños. Al amanecer su pensamiento era desordenado, pensó en su madre y en llamarla pronto, recordó con algún cariño sus días de estudiante de arte, volvió a sentir a Eduardo y sus primeros besos torpes, vio una vez más la llanura castellana desde el tren que la llevó al aeropuerto. No volvería nunca, ahora su mundo era otro. Mercedes salió temprano y tomó el primer autobús que cruzaba el Williamsburg Bridge, se bajó en Houston y anduvo sin rumbo un buen rato, queriendo disfrutar de su ciudad. Su humor se fue tornando cada vez más oscuro cuando le pareció que en su memoria la cara y las palabras de Samuel se le confundían con las de Eduardo, que sus ideas a fin de cuenta no eran tan distintas de las de su madre, que aunque había cambiado de ciudad, aunque había sido capturada por New York, como todos los que pasamos por aquí, en el fondo ella era la misma, su vida no mejoraba por estar aquí ni por haber encontrado a Samuel, su tristeza era la de siempre. Cuando llegaba a la calle 28 se sintió cansada y entró en el metro. Un viejo ruso tocaba el acordeón y esa música casi macabra se convirtió en angustia, todo le daba vueltas, nada tenía sentido y el tren “R” estaba llegando. El ruso no dejó de tocar cuando se oyeron los primeros gritos; luego, la confusión de siempre. El empleado del metro dijo a su compañero “este será otro día de esos; llama a la policía, otra loca se ha lanzado frente al tren”.
Tardaron cuatro días en identificar a Mercedes y localizar a su madre. El consulado español se encargó de enviar el cadáver a Ciudad Real.